Esta semana compartí entre amigos, familiares y allegados políticos un artículo titulado A mis amigos rusos, escrito por el francoestadounidense Jonathan Littell y publicado en el periódico El País. En este se hacia un virulento reclamo a la sociedad intelectual moscovita por haberse con el tiempo ido acomodando a la presencia cada vez mas despótica y autoritaria de Putin. Y como esto, en definitiva, los hacia en gran medida coparticipes de las atrocidades que contra Ucrania y su propio pueblo el estado ruso cometía. La desgarradora reclamación deja en evidencia una sociedad acomodaticia y hasta hipócrita que ha mirado a un lado mientras se cometen los más graves crímenes.
Y
leído esto, es imposible pensar en Venezuela. Mas si se tiene en cuenta las
alianzas y muy parecidas características de los regímenes que azotan ambas
naciones rusa y venezolana. Maduro y Putin, Putin y Maduro. La utilización de
los recursos energéticos como herramienta política en tiempos de crisis. La
instrumentalización de la dependencia energética como arma arrojadiza para chantajear
a la comunidad nacional e internacional. Aunque ya todos sabemos que para el
caso venezolano es casi inexistente. Pero visto lo visto, entender que no hay límites
para estos regímenes dirigidos por gánster sin escrúpulos ni valores éticos por
los cuales nos regimos la mayoría de los que componemos la cultura, si se puede
llamar así, occidental.
Y
llegamos a la pregunta de las cincuenta mil lochas: ¿somos responsables los que
nos hemos ido de Venezuela de no haber dado la lucha suficiente, aunque incluso
peligraran nuestras vidas, para detener al monstruo? ¿Son aquellos quienes
quedaron en nuestro país cómplices de la continua e imparable espiral de
crímenes que se cometen a diario desde el más alto poder? ¿Es verdad que como
dicen muchos políticos “no podemos solos” contra esta tiranía? ¿Qué paso con el
bravo pueblo que, en su día comandado por José Félix Ribas, a punta de machetes
sostenidos por los heroicos jóvenes de Caracas y La Victoria, derrotaron a un
ejercito cinco veces mayor en esa batalla homónima?
Yo me niego a pensar
que hemos perdido. Y más allá de ser un sueño de negación ante la realidad lo
percibo con los paralelismos que puedo ver entre el heroico pueblo de Ucrania y
la lucha sin cuartel que han dado nuestros jóvenes en las calles de Venezuela. Creo
que no hay mala tripulación sino mal capitán. Y se con toda certeza que,
llegado el día, se volverá a levantar mi pueblo y juntos los que nos hemos ido
y los que se han quedado echaremos al invasor. ¡Aprendamos de nuestros hermanos
de lucha ucranianos! Porque nos parecemos mas a ellos que al somnoliento pueblo
ruso.