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Listos para emigrar

 Por razones completamente ajenas a mi voluntad, me crie siendo hijo de un abogado que complementaba su oficio con el de gerente comercial y administrador. Era común que aparte de trabajar mas de 10 horas al día en la semana, me llevara muchas veces con él, los sábados a echarle un ojo a los negocios; lo cual consistía en visitar los locales comerciales y propiedades de sus clientes que estaban arrendadas a terceros. Muchas veces al interior del país, lo cual agradezco profundamente. A mí me encantaban esas visitas, y por sobre todo a los centros comerciales que recorríamos, mi padre y yo como digo, de punta a punta local por local. Las paradas preferidas eran las heladerías, jugueterías, tiendas de variedades y por último algún restaurante de hamburguesas o pizzas.

Pero aparte de mis gratos recuerdos de pasármela muy bien, eran las clases de historia y humanidad que recibí sábado tras sábado de la mano de mi padre y sus clientes. Somos Ciudadanos del Mundo decía mi papa. Había de todo y nadie estaba encasillado como hoy en día en una etiqueta. Colombianos carpinteros, italianos en banca, japoneses que se fueron a levantar la industria en la provincia, sirios y libaneses constructores, portugueses restauradores, españoles jugueteros y educadores, griegos expertos en producción teatral, judíos joyeros sí, pero también esa pequeña zapatería de niños que regentaban dos hermanas que recuerdo llevaban unos extraños tatuajes en sus brazos. Recuerdo haber preguntado a mi padre el porque de esos tatuajes y su directa, sentida y didacta respuesta: estuvieron en Auschwitz hijo, y la consecuente explicación. Y así con cada cliente, que en realidad se trataban como amigos, familia. No había corporativismo tan hoy de moda y a pesar de eso muy pocas veces en muchos años escuche alguna queja. Todos eran inmigrantes, procedentes de historias y calamidades diferentes. Todos venidos a prosperar en una tierra de gracia. Los uruguayos que levantaron el futbol en Venezuela, en las tardes y los fines de semana vendían exquisitos dulces y tortas en pequeños quioscos. ¡Y yo absorbía todo eso, sobre todo las tortas! Y a la vez sin darme cuenta, desde una posición absolutamente privilegiada entre ricos y pobres tenía la oportunidad de conocer el mundo; ese mundo que después de muchos años y por razones totalmente ajenas a mi voluntad, de nuevo, me ha tocado conocer… o más bien dicho, corroborar.

Entiendo que he tenido una gran suerte, porque de algún modo haber tenido que salir de mi país no ha supuesto un trauma como para muchos de mis compatriotas. En gran parte por haber vivido el mundo en mi mundo. He descubierto en Dinamarca como el estado paga a jóvenes de todo el planeta para que vayan a estudiar allí. ¡Es muy difícil para los daneses enviar sus hijos a conocer todas las culturas, entonces traen todas las culturas a su país… brillante! Pero aun así entiendo que la mayoría de los venezolanos tenemos algún familiar lejano, algún amigo, algún vinculo del cual aferrarnos para aprender a emigrar. Porque, al fin de cuentas, ¿no es Venezuela un país conformado por emigrantes por naturaleza?

 

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