Se suele decir cuando opinamos sobre Venezuela, que los venezolanos venimos del futuro. Y es bastante cierto en el sentido de que hemos vivido situaciones en nuestro país que se asemejan a las que se viven hoy en día en muchos lugares del mundo. Pero más allá de nuestra elocuencia y experiencia vital, la realidad es que la historia es cíclica y no somos ni seremos los únicos en vivir estás peripecias de la historia.
El caso que nos ocupa hoy es España. Si, la España democrática y modelo de convivencia que tanto se parece a la Venezuela de los años ochenta del siglo pasado. Con sus diferencias y defectos en el ejercicio de libertades y bienestar que también las separa en décadas de existencia. Se puede decir inclusive que en el país sudamericano entramos en ese camino de prosperidad y progreso con antelación a España y al mismo tiempo vimos como se mermó primero. Y es que es el equivalente a un organismo que sufre una enfermedad en una pandemia de valores y principios que aquejan a toda la sociedad occidental; sin entrar a valorar el tema interno de Estados Unidos, que ya es la punta del iceberg.
Visto esto, con toda humildad, me permito señalar ciertos paralelismos demasiado evidentes:
El primero es la bonanza de unos pocos en detrimento de la mayoría. Esto fue palpable y hoy se presenta como una realidad en este país con el mayor crecimiento económico de la Union Europea. Mientras los datos macroeconómicos rompen todos los récords, la gran mayoría de la población en su día a día lucha por pagar la renta y los servicios más esenciales. Inadmisible.
El segundo, y probablemente ligado estrechamente al primero, es la incapacidad manifiesta de amplios sectores de la política para mitigar -bien sea legislando o ejecutando política publicas- estas desigualdades entre la élite económica y la clase trabajadora. De ahí, gran parte del descontento, que un sector náufrago en ideas políticas como lo es la ya indefinible derecha secuestrada por la ultraderecha, pretende capitalizar a como de lugar...
Y tercero, entramos indefectiblemente en el callejón sin salida de aquellos que fracasando por la vía electoral, pretenden derribar un gobierno legítimamente electo a través de la judicialización de la política. El peligro de esto no es ya la estabilidad del sistema, sino la creación de un momento de tensión social que promueva actuaciones al margen de la Constitución y sean avalados por tribunales y jueces de marcada tendencia. Quiebre democrático.
Venezuela vivió a principio de los años noventa del siglo pasado esta dinámica de subversión institucional judicial contra Carlos Andres Perez. La consigna ya no era relanzar la democracia sino, como hoy con Pedro Sanchez en España, cobrar una cabeza de trofeo a toda costa. Lo que vino después fue el aprovechamiento por parte de las fuerzas más populistas y antidemocráticas, lideradas por Hugo Chavez allí y Santiago Abascal aquí, para llegar al poder a como de lugar y desmantelar democracias no perfectas pero si ejemplares para ambas regiones en particular y para el mundo.
Con el lawfare a Zapatero lo que se busca es eso. Como en su día con Carlos Andres, un atajo al poder con consecuencias perversamente inimaginables. Quién crea que se está haciendo justicia que sepa que se está más bien ajusticiando a toda una sociedad.
Un Partido Popular que cree que en minoría puede mantener secuestrado el CGPJ al mismo tiempo que ellos se encuentran secuestrados por el chantaje de VOX; está destinado a ser simple instrumento de lo que se está haciendo hoy en Estados Unidos y que una vez se hizo en Venezuela: el desmantelamiento de la democracia liberal como hoy la conocemos. Todo esto orquestado desde los medios de comunicación que luego son las primeras víctimas.
